martes, 27 de enero de 2026

1967 (IX)

La situación de los Hollies es un tanto atípica. Hasta cierto punto podría decirse que viven fuera del tiempo, ya que a estas alturas de la década todavía se les nota la influencia beat y sin embargo tienen una legión de seguidores que los apoyan: no suelen llegar al número uno de las listas de ventas, pero andan cerca. Es evidente que esa exquisitez con los juegos vocales, esas alegres melodías pop siguen encandilando a mucha gente. Así que, ajenos a la psicodelia o al r&b, las dos corrientes más en boga, entran en 1967 en una posición envidiable. Su punto débil hasta hace poco era la escasa creatividad, que con frecuencia les obligaba a recurrir a canciones ajenas; pero también eso va mejorando gracias a la creciente inventiva de Graham Nash, Allan Clarke y Tony Hicks. Ya eran todas suyas en “For certain because”, el último disco que había lanzado el grupo a finales del año anterior, demostrando su consolidación como un excelente trío compositivo. Lo único que no cambia es su productor: Ron Richards está con ellos desde el primer día, y seguirá a su lado por mucho tiempo.

Tras una participación en el festival de San Remo en enero, tan olvidable como la que habían tenido los Yardbirds, el primer éxito de este año llega a principios del mes siguiente: “On a carousel / All the world is love”, ambas compuestas por los tres. De nuevo el espíritu alegre y el exquisito empaste de las voces hacen de la cara A una pieza encantadora, otra de esas tonadillas pop que sonaron en las radios de medio mundo hasta la saciedad. Y la cara B es un tanto sorpresiva: por supuesto se trata de otra genialidad pop, pero hay más. Tanto en la melodía vocal como en los arreglos (esas cuerdas, esa batería…) hay un leve tono… ¡psicodélico! ¿Los Hollies se están poniendo al día? El caso es que entre una y la otra el single llegó al top 5.


Las cosas parecen volver a la normalidad con el siguiente single, publicado a finales de mayo: “Carrie Anne / Signs that will never change”. Ambas son de nuevo obra del trío, aunque la cara A está escrita básicamente por Clarke. Él y Marianne Faithfull habían tenido un breve episodio amoroso: la canción está dedicada a ella, aunque con esa letra no queda muy claro si es un homenaje o un desahogo. En cualquier caso es otra melodía con ímpetu, que además lleva un arreglo musical muy atractivo porque uno de sus protagonistas es el tambor metálico, un instrumento de Trinidad y Tobago que posiblemente se escucha por primera vez en una grabación occidental gracias a ellos. Junto a ella la cara B, un tanto melancólica, hace un buen contrapunto y de nuevo alcanzan el top 5.



Junio es el mes en que publican su nuevo disco grande, con el título de “Evolution”. Su sello, EMI, parece querer demostrar que está pletórico, y el disco llega a las tiendas el mismo día que el “Sgt. Pepper’s..” de los Beatles (lo cual no parece una estrategia muy inteligente, ya que es posible que ese disco oscureciese la presencia del otro). Lo primero que llama la atención es la portada, tratándose de un grupo tan clásico como los Hollies: aquí parecen dispuestos a recuperar el tiempo perdido. Ese diseño es obra del cuarteto holandés The Fool, un grupo de creadores multidisciplinares en la onda hippie que también pintaron el piano de Lennon o la guitarra de Clapton, y que además aquí visten al grupo; la fotografía es obra de Karl Ferris, un amigo de los Fool que fue de los primeros fotógrafos psicodélicos de la Isla. Y aunque no se puede decir con propiedad que el disco esté plenamente impregnado de ese espíritu, sí que es verdad que se nota la evolución con la que lo titulan: incluso las canciones más coherentes con su trayectoria anterior llevan algunos arreglos con la clara intención de apuntarse a la moda reinante. El arranque con “Then the heartaches begin” es muy luminoso, es una de sus mejores canciones, y la línea melódica, tan suya, va apoyada por una base rítmica tremendamente vitaminada gracias al protagonismo del bajo; el tratamiento de la guitarra redondea esa sensación de cambio. “Stop right there” es una buena aproximación al pop barroco, mientras que “Water on the brain”, con esa exótica percusión y el tono general podría recordar incluso lo que están haciendo los Beatles en ese momento. Las “aventuras sónicas” se llevan incluso a alguna pieza casi folkie como “Lullaby to Tim”, con ese efecto vocal y los arreglos orquestales; el pop más típico de ellos resurge en “Have you ever loved somebody?”, que tuvo varias versiones, y “You need love” tiene una escala y un estribillo encantadores. La cara B está a la altura, comenzando ya por la magnífica “Rain in the window”, que recuerda vagamente a “Bus stop”; vuelve la actualidad con los arreglos exóticos de “Heading for a fall” o “Ye olde toffe shoppe”, mientras que las tres últimas son más convencionales pero manteniendo el nivel de calidad. En conjunto es un cruce entre pop y psicodelia que significa un gran avance para un grupo del que, francamente, no esperábamos nada sorpresivo. Rozó el top 12, lo cual tiene mérito considerando esa sombra que proyecta el disco de los Beatles en la estantería; tal vez perdieron seguidores por este giro, pero al igual que los de Liverpool ganaron otros que hasta entonces no les habían prestado mucha atención.


Graham Nash era el más inquieto. En sus recientes viajes a Estados Unidos comenzó a sentir la influencia hippie que se respiraba en los ambientes contraculturales, y decidió que debía dar un giro a su estilo como compositor. Uno de los primeros resultados fue “King Midas in reverse”, la cara A del single que publican en otoño: es completamente suya, aunque figure a nombre de los tres. Se nota la deriva hacia el estilo de cantautor folkie que tendrá en el futuro, aunque hay unos arreglos orquestales muy potentes, y en conjunto demuestra la “mayoría de edad” de un músico que empieza a sopesar la idea de un cambio de aires. Sin embargo el disco tuvo más aplausos de la crítica que ventas y no pasó del top 20, lo cual es casi un fracaso para los estándares de Hollies. Por otra parte, tanto el sello como sus compañeros no vieron con buenos ojos este giro, y la relación entre ellos comenzó a enfriarse. "Everything is sunshine", la cara B, es una especie de balada eléctrica que, sin ser una joya, tiene categoría; podría haber figurado perfectamente en el Lp anterior.



A principios de noviembre se presenta la que para muchos es su obra cumbre, a pesar de su desastroso resultado en las listas de ventas: “Butterfly”. La influencia de Nash es evidente, aunque todas las canciones figuran a nombre de los tres compositores del grupo, y como era de esperar aquí se mantiene su coqueteo con el pop psicodélico. De todos modos siempre queda claro el espíritu original del grupo, que se basa en el espléndido dominio de los juegos vocales sobre unas melodías que por lo general están muy bien trabajadas: la deliciosa “Dear Eloise”, que abre el disco, es una prueba inmejorable. En “Maker” destaca ese encuentro que se produce entre el exotismo hindú y el pop occidental, mientras que algunas baladas revestidas de arreglos orquestales recuerdan de nuevo a los Beatles: “Would you believe” es una gran ejemplo. Pero también la evocación de los Beach Boys se deja sentir a veces, como pasa en canciones como “Wishyouawish”, que está a la altura de lo mejor que hayan hecho los californianos. La cara B se abre con “Postcard”, mi canción preferida de este disco (y tal vez de toda su carrera), con una línea melódica que evoca muy bien la melancolía y que va apoyada en un juego de cuerdas de gran dinamismo; debería haber estado sonando en las radios día y noche. “Try it” es otra perla, con un perfecto equilibrio entre la carga psicodélica de los arreglos -en ese sentido es quizá la más arriesgada del repertorio- y su exquisitez vocal. Lo cierto es que casi todas las canciones tienen una altura notable, incluyendo ese cierre con la que le da título y que de algún modo me recuerda el trabajo orquestal que usa por esa época Paul McCartney en algunas de las suyas. Pero como decía antes, las ventas fueron un desastre y "Butterfly" ni siquiera llegó al top 50; por otra parte resulta evidente que ni el sello ni Ron Richards tuvieron muchas esperanzas sobre sus posibilidades, puesto que se da la llamativa circunstancia de que ni una sola se publicó en single.


A partir de entonces comienza la cuesta abajo. Nash trató de congraciarse temporalmente con sus compañeros escribiendo junto a Clarke “Jennifer Eccles”, una canción en la que volvían al estilo pop facilón que tantos éxitos les había dado: conseguirán un top 10 en la primavera de 1968, pero será su último éxito propio en mucho tiempo. Poco después Richards y la mayoría del grupo deciden publicar un disco hecho completamente con versiones de Dylan. Posiblemente por el tirón de ese nombre sagrado el disco llegó al top 3, a pesar de que la crítica lo detestaba. Y también lo detestó Nash, que decide abandonar el grupo e irse a vivir a los States; donde se hará amigo de Stephen Stills y David Crosby, otros dos ilustres expatriados de sus grupos originales y con los que formará aquel trío tan fugaz pero tan popular. Con la marcha de Nash se va viendo que el grupo ha perdido su mejor elemento creativo, y la mayoría de los escasos éxitos futuros serán obras de encargo. En cualquier caso su mejor época ha pasado, porque el mercado del single decae y su estilo resulta anacrónico en plena época progresiva. Pero hace poco aún andaban por ahí: no cabe duda de que la nostalgia vende bastante.

martes, 20 de enero de 2026

1967 (VIII)

Los Animals, una de las bandas de r&b más intensas y sinceras de la primera hornada británica, se dan de baja en el verano de 1966: además de la grave situación interna que atravesaba el grupo desde tiempo antes, Eric Burdon desea dirigir su carrera sin interferencias. Sin embargo el nombre del grupo seguirá presente, aunque precedido por el suyo propio: Eric Burdon & The Animals se presentan en sociedad a principios de otoño de ese mismo año, y de la formación original solo el batería Barry Jenkins sigue a su lado. Danny McCulloch será el nuevo bajista; ha pasado por algunas bandas de las cuales la más recordada es la de Lord Sutch, y pone en contacto a Burdon con dos multinstrumentistas: uno es John Weider, que había comenzado a destacar en la banda de Mayall como guitarrista pero que también domina el bajo y el violín; el otro es Vic Briggs, que además de guitarra toca todo tipo de teclados. Su ya para entonces extensa hoja de servicios va desde la época dorada de Liverpool hasta su pertenencia a la banda de Brian Auger. Burdon procura reducir en lo posible su dependencia del catálogo de su antigua banda, y refuerza su querencia soul rock apoyándose en una mayor densidad de sonido. Su sello seguirá siendo el estadounidense MGM, que siente una fuerte devoción por el personaje aunque sus ventas sean bastante discretas. De todos modos, tanto en esta época como después Burdon ha vendido siempre más en aquel país que en la Isla. Ah, y por supuesto el laureado Tom Wilson se mantiene al frente de la producción.

Los señores de MGM ya le habían ofrecido la grabación de un disco a su nombre antes de que se confirmase en la Isla la separación de los antiguos Animals; el disco en cuestión sería publicado únicamente en Estados Unidos, y Burdon acepta. Finalmente llega a las tiendas a nombre de “Eric Burdon & The Animals”, aunque solo Jenkins está con él: salvo la batería, el resto de la instrumentación corre a cargo de las orquestas de Benny Golson y Horace Ott, ambos provenientes del mundo del jazz (y se nota). El disco se publica a principios de marzo de 1967 con el título de “Eric is here”, y es una colección de piezas compuestas por clásicos del Brill Building o músicos consagrados como Randy Newman. Lo cierto es que, como suele suceder con los grandes intérpretes, no importa mucho la procedencia del material porque él hace suya cualquier canción que ataque, con ese ingrediente soul que tiene su voz y su manera de cantar. Y sin ser un gran disco (en realidad es bastante irregular), ese ambiente único que solo él sabe crear le da el encanto suficiente para escucharlo de principio a fin sin saltarse una sola pieza. Por otra parte el apoyo orquestal está muy medido y nunca da la sensación de exceso, confirmando que ese origen jazzístico de Golson y Ott es la mejor garantía. Hay comentaristas que sugieren que tras esta rareza en la carrera de Burdon hubo un interés de la MGM por buscar una alternativa más creíble al estilo Tom Jones, que estaba vendiendo muy bien en aquel país, pero creo que esa versión no se sostiene; entre otras cosas porque de ser así habrían hecho una fuerte inversión publicitaria, y no la hicieron. De hecho el Lp ni siquiera llegó al top 100, aunque algunos singles extraídos de ahí anduvieron por el top 20.


Pocos días después se lanza el primer single en el que ya figura el nuevo grupo al completo (aunque en la Isla no se publicará hasta mayo). La cara A es una clásica inmediata: “When I was young”. La letra, obra de Burdon, es hasta cierto punto una síntesis más o menos biográfica sobre su padre y su juventud, mientras que la música es una obra colectiva y muestra una clara inclinación psicodélica. Es una pieza con un enorme embrujo, desde la base rítmica hasta ese magnífico trabajo de cuerdas en el que destaca el protagonismo de Weider y su violín. En la cara B está “A girl named Sandoz”, que como era de esperar narra la alegría que sintió nuestro amigo cuando comenzó a disfrutar de semejante “muchacha”, conocida genéricamente como LSD. Viene siendo una especie de blues psicodélico que no tiene nada que envidiar a unos Cream, sin ir más lejos. En ambas canciones el papel de Jenkins al bajo es monumental, y Weider se luce aquí a la guitarra; el acompañamiento del vibráfono a cargo de Briggs es otro hallazgo impagable. El single anduvo por el top 10 de media Europa y Estados Unidos, aunque en la Isla no pasó del 45. Decididamente, Burdon es ya más “americano” que isleño.



Aún ha de pasar el verano hasta que por fin veamos el primer Lp , que lleva el título de “Winds of change”. La psicodelia es el tono general en un repertorio que por otra parte tiene una clara vocación experimental. Una de las características vocales de Burdon es su tendencia a recitar, algo que ya había hecho antes y que aquí reitera con frecuencia. El primer ejemplo ya lo tenemos en la apertura con la pieza que le da título, y que tras la entrada con sitar nos introduce en una sonido casi ambiental, de claras reminiscencias hindúes y un fuerte apoyo de la base rítmica: aquí su voz se oye en eco y, como ya había hecho en otras ocasiones, nos va detallando los nombres de una serie de músicos que han contribuido a su formación y que son la base de esos “vientos de cambio” que soplan ahora. La composición es colectiva, aunque como siempre las letras son suyas en la gran mayoría. Se le ve muy motivado, muy a gusto con su nueva realidad californiana y la influencia tanto personal como colectiva del ácido, que lo ha convertido casi en otra persona: las influencias soul/blues estarán siempre ahí, pero esta nueva época va a ser duradera porque no es una pose (a diferencia de muchos otros, Burdon es de los pocos que realmente está haciendo de la psicodelia un modo de vida). Tras “Poem by the sea”, una magnífica pieza de tiempo medio, casi una balada alucinógena, llega la versión de “Paint it black” que había presentado en el festival de Monterey; es una nueva demostración de que cualquier cosa que interprete la hace suya. Hay también momentos oscuros como “The Black Plague”, una especie de cántico gregoriano que él preside recitando la trágica historia de la peste bubónica en el siglo XIV, y que va acompañado por un toque de campanilla casi obsesivo junto a una guitarra acústica siempre en la misma escala. La tensión baja considerablemente con “Yes, I’m experienced”, una alegre respuesta a la pregunta que estaba haciendo Hendrix por entonces y la que casi imita su estilo vocal. El disco, en conjunto, demuestra una enorme talla creativa aunque por ese carácter experimental, muy poco acomodaticio, tuvo unas ventas discretas; suficientes para rozar el top 40, de todos modos.


Antes de que el año termine Burdon y su banda comienzan la grabación de su siguiente disco grande, que llegará en la primavera del 68, así que de momento los dejamos aquí. Han dejado claro que son la banda más americana de todas las británicas actuales, demostrando hasta qué punto los isleños consiguieron interiorizar unas músicas que teóricamente no tenían nada que ver con ellos. Eso es empatía.

martes, 13 de enero de 2026

1967 (VII)

A partir de mediados de la década la oferta discográfica resulta ya exuberante. Eso hace que algunas propuestas valiosas no reciban la atención que merecen, ya que el público medio no tiene dinero ni tiempo suficiente para atender a la enorme cantidad de discos grandes y pequeños que se publican cada mes. Además un buen porcentaje de ese público es acomodaticio, porque prefiere recurrir a los nombres consagrados: la aventura queda para unos pocos valientes, o los seguidores de los ya emergentes “grupos de culto”, que dan un aura de distinción a quienes los siguen. Por otra parte, y salvo la veloz evolución de los Beatles, ese mismo público no ve con tanta alegría que los demás intenten hacer lo mismo; incluso ellos perdieron una parte de sus fans de los primeros tiempos cuando abandonaron el beat, aunque por supuesto el número de los que iban llegando superó con creces esa pérdida. Y por último hay algunos que están siempre en cuestión por unas razones u otras: eso pasó con los Yardbirds y está pasando con los Pretty Things, otro de nuestros grupos más queridos. Comenzaron a la sombra de los Stones, siendo más vigorosos y auténticos que ellos; el paso del tiempo sigue sin hacerles justicia, aparte de algunas decisiones erróneas de sus managers, y llegan a 1967 en una situación bastante inestable. En estos momentos son otra de esas bandas a las que su sello intenta reconvertir en pop mainstream, pero ellos se resisten.

Otro de sus problemas es que, por la continua inestabilidad en la que viven, los movimientos de personal son frecuentes: tras Brian Pendleton a finales de 1966, en enero del 67 se marcha el bajista John Stax. Wally Waller será su sustituto, y con él llega también Jon Povey; ambos proceden de los Fenmen, un pequeño grupo de r&b, con la peculiaridad de que Povey abandona la batería para militar como teclista. Con lo cual los Things, ahora quinteto, amplían sus recursos de sonido; hay que tener en cuenta que en esa época ya estaban fuertemente influenciados por el ambiente psicodélico reinante, y poco les quedaba de sus orígenes r&b. A mediados de abril se publica “Emotions”, una pura obligación contractual que el grupo debía cumplir para abandonar el sello Fontana. Para su desgracia el productor sigue siendo Steve Rowland, que ya en las grabaciones anteriores había demostrado su querencia mainstream y que reviste las piezas con arreglos orquestales. Así las cosas, no es extraño que decidieran rematar el disco cuanto antes: “Emotions” será durante mucho tiempo una grabación maldita de la que prácticamente ninguna pieza fue llevada al directo por entonces. Y sin embargo no es un mal disco, a pesar de la desgana que se les nota a veces y por supuesto de los innecesarios arreglos que se escuchan con frecuencia. La apertura con “Death of a socialite” es uno de los mejores momentos, con ese atrayente ritmo de cuerdas y a pesar de los instrumentos de viento, que deberían ser sustituidos por cuerdas o teclados. Otras como “There will never be another day” muestran una clara evolución pero mantienen en parte el espíritu de los Things, envueltos de nuevo por esos vientos que casi recuerdan a la Stax… ¿pretendía Rowland convertirlos en una banda de soul blanco al uso? Porque pasa lo mismo con la brillante “Photographer”, que no los necesita en absoluto... De todos modos, como casi todo el material está revestido por esa producción absurda (y aunque sigo diciendo que es un buen disco), recomendaría ir directamente a las ediciones de estos últimos años en CD, porque entre el material adicional están algunas de estas piezas en crudo.


Como era de esperar, el disco pasó sin pena ni gloria y el grupo abandona Fontana, que prácticamente no lo promocionó. Pero había un peso pesado que ya los seguía desde tiempo antes: el señor Norman Smith, legendario ingeniero de sonido de EMI que había trabajado en todos los discos de Beatles y que ya está produciendo el primero de Pink Floyd. Smith los ficha y el sello los asigna a la subsidiaria Columbia, que publica su primer single en noviembre: “Defecting grey / Mr. Evasion”. Los Things confirman aquí su plena identificación con el ambiente psicodélico reinante, y la producción de Smith les hace justicia; de hecho la cara A recuerda a los primeros Floyd sin duda alguna. En cualquier caso, al margen de que posiblemente Smith esté influenciado por la banda de Barrett, está claro que en este momento los Things tienen un estilo parecido pero sin nada que envidiar, con el mismo tinte alucinado pero también el mismo vigor en el sonido. Y más vigor aún tiene la cara B, otra espléndida pieza psicodélica aunque con esa estructura entre rock y pop que podría enmarcarse en ese fantasmagórico “no estilo” que tantos adoramos: sí, el adorable freakbeat, que San Phil Smee bendiga. Por desgracia y una vez más, el público en general pareció no enterarse.


La sucesión de fracasos comerciales en la que está sumido el grupo les lleva a aceptar algunas ofertas cuando menos curiosas. Una de ellas, la más prolongada porque durará varios años aunque con intermitencias, es la composición de piezas para bandas sonoras de películas generalmente de bajo presupuesto, de terror o porno blando: ese material pertenece al sello especializado De Wolfe, y los Things no aparecen como tales por razones contractuales y porque tampoco les interesaba que ese asunto fuese de dominio público. Toda la discografía que se publique al margen de su carrera convencional figura a nombre de The Electric Banana, y su primer disco-recopilación se publica en 1967 en formato de diez pulgadas. Como suele suceder en este tipo de trabajos, el grupo lleva acompañamiento orquestal de vez en cuando y hay un número similar de piezas cantadas e instrumentales. Varias son claramente descartes de las sesiones de “Emotions”, y otras son versiones alternativas; la mayoría son mediocres, pero tratándose de un grupo como este siempre hay algunas que valen la pena:


Antes de que termine noviembre los Things vuelven al estudio para comenzar la grabación del que será probablemente su disco más recordado hoy en día, aunque nos temamos que en lo comercial su suerte no va a cambiar. Y como eso ya será el año que viene, hasta entonces esperamos que sigan defendiéndose como gato panza arriba: está en su naturaleza.